Oscuridad Total. Silencio. Todo lo que sigue va en off. Voz 1: Blasfemo. Voz 2: Hereje. Voz 3: Sacrílego. Voz 4: Impío. Acordes intensos. Las voces se unen en una sola que grita escandalizada: Uh… ATEO. Acordes más intensos… Corte a: Publicidad.
Aunque parezca una escena sacada de cualquier teleculebrón made in Miami, así pudo, y aún puede, “castigar” el imaginario religioso popular (muy popular) mexicano a Richard Viqueira, quien también llegó a culparse a sí propio durante el proceso de escritura de El Evangelio según Clark.
En serio. En el país azteca la religión católica se toma en serio. Excelente trabajo de marketing el que lograron los apostólicos por aquellos lados.
Viqueira es un joven dramaturgo, actor y director oriundo de México. Ha sido becado por las mexicanas Fundación para las Letras (2006-2007-2008), el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2004-2005-2007-2008), el Programa Nacional de Dramaturgia (2005) y la española Fundación Carolina (2005).
Reconoce como una de sus mayores influencias el teatro de revista mexicano, género popular en los 50’s que solía desarrollarse en carpas en las que cómicos, con humor burdo y popular, hacían sátiras sobre malestares sociales y hechos políticos. “Como Brecht, a su manera”, dice.
Digo una, porque la otra es el table dance. Ya saben, el espectáculo tipo erótico en el que una bailarina o bailarín realizan piruetas encima de un tubo en presencia de espectadores ansiosos por tocarlos. Y no siempre pueden hacerlo.
De hecho, el único elemento escénico que existe en su obra es una abstracción del tubo: una estructura de metal que sostiene tres columpios. Sucede, confiesa, que el baile del caño fue su justificación teórica para el proyecto.
Así lo dejó por sentado en su ensayo titulado Table Dance narrativo. Del Table Dance como otra de las bellas artes, en el que asevera: “El Table Dance como elemento escénico goza de gran popularidad en el sector masculino y es particularmente popular tanto en la capital como en los estados de nuestra república (por México). Se trata pues de una especie de nuevo santuario que compite contra los religiosos en gran medida. Una iglesia en donde el oficiante, la bailarina, transmuta el objeto, el tubo, frente a nuestros ojos y sentidos… una analogía en tiempo presente muy semejante a la que opera en el teatro, en donde aceptamos la convención de que lo que presenciamos ocurre realmente y lo que habita la escena tiene cualidades de verdad… La combinación del metal con el cuerpo humano nos ha servido para recrear dos mundos opuestos, el de la fragilidad de la carne y el sustento del espíritu a la manera que lo describía Nikos Kazantzakis en su epígrafe de su célebre novela La Última Tentación de Cristo y que parafraseo: ‘Mi vida no ha sido sino una incansable lucha entre la carne y el espíritu”.
La iglesia, el imperialismo yanqui y la historia “oficial”
Juegas a romper con la imagen de Jesús el Cristo que ha elaborado la institución romana. Y hasta lo enfrentas a Superman...
Se trata de un evangelio paródico. Y, ¿quién menos idóneo para redactarlo que el alter-ego apocado del superhéroe que detenta los valores de una sociedad abusiva e imperialista como los Estados Unidos? Es un evangelio en donde lo que precisamente se cuestiona es la calidad de la historia oficial a la que nos vemos sometidos. La posibilidad de escribir evangelios con la única condición de tener el poder suficiente como para censurar los verdaderos hechos, manipularlos y reescribir los acontecimientos según la conveniencia del tirano en turno. No en balde, evangelio significa: “la buena nueva”, pero lo que habría que preguntarnos es: ¿para quién?
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