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Reír, llorar, ser interpelado, sentirse provocado, conmoverse, disfrutar, etc., etc., es una fórmula que pocas veces se produce en un mismo espacio, en un mismo momento, o en una misma obra de teatro. Sin embargo, a veces esa combinación de emociones se ocasiona y experimentamos aquello que un viejo y amigo crítico literario ruso (V. Shklovski) nos afirmaba en relación con el arte, es decir, esa sensación de extrañamiento, ese romper con nuestro automatismo perceptivo, permitiendo así conocer un objeto conocido de forma completamente nueva. Y es precisamente esto lo que logra Alejandro Tantanian en su obra, Y nada más. Un retrato de Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Yelabuga, 1941).
Porque Tantanian, quien desde sus primeros trabajos ha propuesto una dramaturgia de autor, que remite casi directamente al teatro de Ricardo Monti, presenta un relato biográfico entrecruzándolo con otras textualidades, como bien lo señala el programa de mano: Celan, Pastemak, Plath y Vilela pero también con discursos que se hayan en el espacio cotidiano, la infancia (y toda su reminiscencia de lo lúdico), la música popular, como por ejemplo los boleros, para dar cuenta así de todo un universo cargado de significantes que apelan constantemente a un sentimiento trágico de la existencia humana. Así, la vida de la poeta rusa, sus amores, sus pasiones, su muerte, se pone en escena mediante el relato, no sólo de su propia protagonista, sino también mediante el discurso de los restantes siete personajes quienes son los encargados de intercalar, en un espacio sumamente próximo al espectador (sólo dividido por una mesa extensa y rectangular) que hasta por momentos llega a dialogar con él, cuadros musicales excelentemente desempeñados, historias de su propia infancia, como así también la propia poesía de Tsvietáieva.
Si bien las actuaciones mantienen sus tintes dramáticas, aunque no siempre muy bien sostenidas por alguna de las actrices, el grupo La balsa de Medusa logra mantener su unicidad para darle cuerpo a este tejido intertextual propuesto por el dramaturgo argentino, que no sólo es acompañado por un buen trabajo de la palabra sino también por un presencia escénica que se desplaza por el escenario permitiendo la alternancia de los lugares y asignándoles a cada uno de ellos una clara significación: lo familiar, dado por la disposición de las mesa y las sillas que remite a cualquier cena o almuerzo que hasta podemos oler por la presencia de sus platos servidos; lo espectacular, que se produce en el centro de la escena cuando los actores realizan los cuadros musicales; lo individual y privado, asignado a los laterales en los cuales los actores, por un lado, interactúan entre sí pretendiendo estar en una imaginaria extra escena, por otro, expresan sus subjetividades mediante la no comunicación con el otro, ni siquiera con el espectador quien de manera transversal observa sus movimientos y escucha sus palabras.
De esta manera, y mediante esta armonización de los espacios a través de una mirada distante pero siempre presente de la protagonista de la historia, Tantanian logra nuevamente, como ya lo ha hecho en Los mansos (2005) o Los sensuales (2008), trabajar con las voces de otros pero articulando siempre su propio deseo mostrando, en esta ocasión, que la vida puede ser esto pero tal vez, algo más. Así lo dicen en el final los actores sobre un texto de Marina Tsvietáieva:
Rainer, quiero encontrarme contigo, quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir. Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.
Esta obra ya no está en cartel.
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