Hace poco me contaron que en Colombia la piratería digital inventó un género de la cumbia: una cumbia muy lenta. La lentitud de los temas surgió de las malas copias del (¿primer?) mp3 copiado.
Un nuevo e interminable torbellino de sonidos recorre esa parte del mundo que podríamos ubicar apenas por arriba de nuestras cabezas y que llegaría hasta los pies, más o menos. Una suerte de noosfera artística y –por añadidura- cultural: la música. Complicados sistemas de traslado de equipos científicos llevan música a las heladas e inmóviles regiones del espacio.
Música in mundo. Uno va a supermercado y oye música; viaja en el colectivo y –por sobre del ruido de la calle- puede oír un murmullo, metálico, que parece que sale de un tubito: un reproductor con una tormenta tropical de música en las orejas de un pibe que, a los gritos, entona su canción favorita de esa tarde; la canción de los dibujitos animados; la de la publicidad; la de los televisores; etc.
Algo me desconcierta. Quiero aprender a escuchar.
El filósofo Theodor Adorno –discípulo de Walter Benjamin- vivió en la época donde este monstruo de mil tentáculos comenzaba a salir de su nidito en el mar. La industria cultural tomaba cualquier música de la tradición, y elaboraba la suya. Todo podrido. Por eso la fascinación con el atonalismo. Una música que pide un compromiso de escucha sofisticado, que no puede permanecer ausente ante el material de los sonidos.
Además, para Adorno, en la música atonal se podía oír algo así como una huella de la naturaleza. Un rastro expresivo en la composición, un temblor de sangre natural.
La idea de Adorno es muy hermosa. ¿Qué sucede con las músicas que hoy se oyen en el mundo? Podemos conseguir con cualquier programa de intercambio de archivos discos y obras musicales de cualquier época. ¿Qué sucede al escucharla?
Adorno lamentaba que la música de Bach se hubiera vuelto música para ser interpretada en ciudades barrocas bien conservadas.

Mini reproductor de mp3, el más pequeño del mercado.
Un reproductor de mp3 está pensado y diseñado para reproducir una grabación determinada en un contexto determinado: bajos fuertes, líneas claras de la producción, linealidad, volumen alto, melodías y ritmos fuertes, todo en un contexto urbano, principalmente (también podría tratarse de un acontecimiento turístico dando marco a la escucha). Esa es la marca de los tiempos. Las producciones que más aplaude la industria discográfica –un enclenque sistema de promoción de festivales que babea ante la gloria del pasado y el desierto digital del presente, que construye su casa sobre puritanos actos imaginarios adolescentes como High School Musical- es la que consigue un brillo, digamos, metálico y tribal: el pop de Robbie Williams o Justin Timberlake. Industria a la que un sonido espeso, trabajado y nocturno (o meridional, llegado el caso) le resulta: FEO.
Hubo, cuenta la leyenda, un tiempo heroico de las compañías discográficas, particularmente en la cultura popular y particularmente dentro del particular, en la cultura popular norteamericana. La cima de esa leyenda es el joven conductor de camiones y cowboy Elvis Aaron Presley yendo a grabar un sencillo. Una vez registrado, el impacto emotivo de esa voz –en una resonancia perfecta- realizó el acto de promoción cultural que lanzó una voz convertida en tema de Estado. La relación de las voces con los productos magnetofónicos y las tecnologías de almacenamiento y distribución de esos sonidos registrado es muy estrecha. Empezó con los cantantes de ópera (existe el registro de un castrado famoso que es espeluznante); en realidad, empezó antes: con Thomas Edison recitando las horas frente a los tubos de cera que registraban su voz de muerto. Justamente, la voz de aquel que quería inventar un medio de comunicación (un teléfono) para hablar con los muertos.

Edison en éxtasis con Bach.
¡Cuántas voces de muertos y muertas recorren los oídos del mundo, ahora que las estadísticas –otra forma de manipulación y representación- dicen que en el mundo hay más personas vivas que todas las muertas de los últimos 5.000 años!
La condición policial de toda industria –que necesita controlar a sus consumidores- queda evidenciada en las acciones legales de persecución y castigo para con personas que bajaron música de Internet. No es por hacer asociaciones interminables, pero ¿recuerdan, no, que internet empezó como un sistema de comunicación inter-Pentágono? El mismo nombre que las puertas promocionadas entre ataque y ataque a ciudadanos honorables que pasa el noticiero.
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