Casi 150 mil personas en cuatro días y 14 millones de euros deja un macrofestival internacional como el de Benicàssim, considerado entre los cuatro o cinco más importantes eventos musicales europeos. Éstas son, precisamente, las cifras con que cerró la 14º edición del FIB, un evento pionero entre los rituales indie, que se recrea cada verano en un pequeño pueblito costero de la Comunidad Valenciana, en España. Sin embargo, nuestro corazón fiber se llevaría otros réditos, mucho menos mensurables a corto plazo.
La primera grata sorpresa de la edición 2008 fue el grupo islandés Sigur Rós. Probables compañeros de ruta de Björk, discípulos de REM o sobrinos-nietos de Jimmy Sommerville, estos clowns melancólicos de Reykiavik presentaron su último disco Med Sud I Eyrum Vid Spilum Endalaust (dicen que, en castellano, quiere decir aproximadamente “Con un murmullo en nuestros oídos, tocamos infinitamente”). Cantan en islandés, y nos ayudan a despegar los pies del suelo, porque el suyo es un territorio en el que no rigen las leyes de gravedad. Son chicos de pocas palabras que elaboran canciones exquisitas de pop experimental con ingredientes para sibaritas: una orquesta con sección de cuerdas y vientos, una guitarra frotada con arco y arreglos como plumas de faisán, como las del traje de Thor Birgisson, el líder. Magentas, ocres y estética de muñecas de porcelana… el despliegue visual es inolvidable.
Sin embargo, ni la melancolía de su música ni esta atmósfera entre cósmica, nórdica y circense, rebajan la potencia de este grupo que da la sensación de que vale el precio del abono de los cuatro días.

Thor Birgisson, líderde Sigur Rós. // Archivo FIB /OScar Tejeda
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Después de Sigur Ros ya nada sería lo mismo, pero igual perseveramos. Así, el viernes llegamos prestos a derretir orejas con el mito noise por excelencia: My Bloody Valentine. Como todos saben, esto va de guitarras y efectos noventeros para que el ruido sostenido empiece a dibujar música. Sin dejarnos tomar aliento, estos lobos lacónicos --Kevin Shields y Bilinda Butcher-- nos llevan como ovejas hacia los diez minutazos de bola sonora en la recreación del tema You made me realise del Ep homónimo de 1988.
Un argentino en la corte
Para el sábado era necesario recauchutar orejas, porque llegaba José González, pura acústica, guitarrita y voz intimista, alguna percusión sin estridencias. José González es este músico sueco-argentino al que la prensa europea nombra junto a Anthony and the Johnsons, Coco Rosie y Devendra Banhart, como uno de los renovadores del pop. Él es un chico folk, tímido pero tenaz: no piensa meter secuencias a nada, ni aunque tenga que oponerse a rasguito pelado a los millones de decibelios de las carpas electrónicas que hay alrededor en estos festivales. José, que nació en Suecia, en el 78, de padres argentinos que se exiliaron en Gotemburgo en el 76, dice que en esos momentos de murmullo festivalero piensa que Joni Mitchell o Simon y Garfunkel también tuvieron que hacerlo así en el Central Park frente a miles de personas. Y le pone el pecho.
Milagro en España también: My Bloody Valentine, en una de las paradas de su esperado regreso. Archivo FIB /César Martín |
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