RCh |Los fusilamientos de Madrid, 200 años después

Un alarido para ser mirado

 

VIGENCIA DE AQUELLA MIRADA INAUGURAL DE FRANCISCO DE GOYA. uN HITO QUE MARCÓ EL COMIENZO DE UN ARTE QUE VE LA REALIDAD E INTERPELA (A VECES PREVÉ) LOS HORRORES POR VENIR.

 
POR ALEXIS OLIVA
 

Madrid. 3 de mayo de 1808. Las tropas de Napoleón Bonaparte fusilan a unos 400 españoles que resisten al invasor francés. 45 de ellos son ejecutados en la montaña del Príncipe Pío. La leyenda -basada en el testimonio de su fiel criado Isidro- cuenta que don Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) observa la escena con un catalejo hasta que los disparos cesan. El pintor teme por su propia vida, pero acude a la colina acompañado por su criado y portando un trabuco, papel y un lápiz. La luna le revela los cuerpos y la sangre, el triste saldo de la masacre que esbozará entre el olor a pólvora y los muertos aún tibios.

Su pincel y su paleta tomarán la posta para dar a luz, varios años después, una obra que conmoverá al mundo, un testimonio visual que no respeta cánones estilísticos ni censuras políticas: “El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío”.

Ese puñado de seres desesperados, resignados unos, desafiantes otros, sabedores de que sufrirán la misma suerte de los ya caídos sobre esa sangre que ofende por su semejanza con la sangre verdadera, quedan inmortalizados en su suplicio. Asesinados todos por ese gris y compacto pelotón de soldados deshumanizados, convertidos en una anónima máquina de matar, serán la perdurable alegoría de una infausta tarea que en el porvenir terminarán ejecutando las máquinas.

La obra estremecerá a la conciencia de su espectador contemporáneo y se lanzará mucho más allá de su espacio y de su tiempo, como una universal denuncia de toda victimización del hombre por el hombre, del drama humano de tanta guerra imperialista que todavía sacrifica tanta vida. Se convertirá en una bandera iconográfica libre y profusamente utilizada por todos aquellos que intentan dejar testimonio de similares horrores, militar por la memoria histórica y defender el más humano de todos los derechos: el derecho a vivir.

Ahí está, a la vista de quien ingresa en la sala 39 del Museo del Prado, fulgurando con un “aura” que no tiene nada de mística. Porque su aliento profundamente humano la convierte en el mejor exponente de ese compromiso que Walter Benjamin definió como “politización del arte”.

Pero el poder y el terror tienen su propio intertexto y la masacre de Madrid se repetirá en otros tiempos y escenarios.

goia

 

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