La gran cualidad del oro reside en ser un metal que no se oxida. Que no acumula herrumbre al contacto con el aire. Así sea en el cálido y húmedo clima caribeño de la Cartagena de Indias, una ciudad en la que podemos imaginarnos las comparsas carnavalescas avanzando ruidosas por sus calles atestadas o un baile multitudinario, cubierto por sonoridades rumberas y vallenateras, pero no precisamente cuna y albergue de un alquimista, de un filósofo del cuerpo.
¿No será que Álvaro Restrepo erró de país, de circunstancia histórica, de profesión?
Bastaba mirarle erguido, en éxtasis, transformado su cuerpo y su entorno en el hornillo de los antiguos, donde cocían el plomo y el basto para hallar la justa medida para mutarlos en el dorado cuerpo del misterio transmutador. Rodeado de piedras, de luces, de elementos, como un demiurgo de cuerpo firme y perfectamente controlado, convertido en la metáfora de la danza como alquimia, del cuerpo propio como receptáculo del azogue y de la piedra quintaesencial.
O, mejor pensado, para que lo efímero del movimiento –y del cuerpo– consiguiera revelarnos, así por unos instantes, lo eterno. Hacernos atisbar la esencia, el origen. Eso era Athanor Danza-Teatro. Una compañía, frecuentemente unipersonal, que usaba al cuerpo en estado danzario para fines místicos; para hollar, mediante el ritual adaptado, los espacios de lo sagrado en una experiencia algo más que estética o vital, en la busqueda de lo trascendente.
"Yo no soy ningún experto en eso, soy muy intuitivo y a veces atrevido, me meto en terrenos que a lo mejor me pueden quemar también, pero poder revelar que existe ese misterio, que existe esa magia y esos universos en los que se puede transitar siempre me pareció fascinante. La teatralidad de la danza está mucho más ligada a una dramaturgia poética donde hay todo un andamiaje y un esqueleto, pero que está mucho más ligada a las intuiciones y a esas otras esferas del inconsciente que el espectador descubre inesperadamente. A mí me interesa que el espectador sienta que sale tocado en regiones que no sabe, y que viva una experiencia, un momento, que entre en otro tiempo, en otro ritmo, que pueda parar un momento y entrar en contacto con la trascendencia".
Es mejor no indagarlo, pero en los países autonombrados desarrollados se esperaría comúnmente que un gran bailarín colombiano use su voluptuosa corporeidad para ejecutar las técnicas clásicas y contemporáneas siempre contoneándose machaconamente al lado de un acordeón, una guacharaca –o raspador– y una caja vallenata, o al menos con una vestimenta dotada de amplios olanes y los vivos colores del rojo, amarillo y azul de su bandera patria. En resumen, que del Caribe deben provenir buenos bailarines, fuertes, entrenados, atléticos, con técnica, pero siempre exóticos.
Y resulta que no. Que para aprender danza Restrepo usó el camino más largo y primero vagó por distintos países europeos para hallar lo que de América no le satisfacía. Luego se inscribió en escuelas de filosofía y de letras, donde transcurre el día –y las noches– entero leyendo y no ejerciendo el adiestramiento corporal riguroso. Y ya, demasiado pasado de edad para las ortodoxias danzarias, decidió tomar el camino del bailarín. |