“En el mundo del siglo XXI, la esperanza y la sinceridad son el nuevo punk. Hoy, permitirse el lujo de sentir, es transgresor”, dijo hace algún tiempo Antony, el chico sensible de Antony and the Johnsons. Él, Devendra Banhart, Coco Rosie, ellos calman, ponen paños fríos en la herida. Lo mismo que el cine al que ha vuelto a llegar Wayne Wang o la proclama de la iraní Hana Makhmalbaf (la hija menor de Mohsen), Buddha collapsed out of shame, que resultó premio especial del jurado, y que muestra la batalla de una niñita afgana por escolarizarse. Hana, la directora, tiene sólo 18 años.
"Peine de los vientos", escultura de Eduardo Chillida.
Y en Donostia hubo más gritos y súplicas desesperadas por el fin del desquicio de la guerra, de las guerras: entre los premios, La batalla de Haditha de Nick Broomfield (mejor director); en la sección Zabaltegui, otra de Irak y la locura de la que no se regresa, In the valley of Ellah de Paul Haggis (el guionista de Crash) o la interesante Tnuah Meguna del debutante israelí Tzahi Grad.
Los críticos cuestionaron que Eastern promises del maldito David Cronenberg se fuera con las manos vacías. El director de Una historia de violencia volvió a poner a Viggo Mortensen mostrando la peor cara del hombre. Cronenberg confirma crudamente que la mafia rusa no es una leyenda urbana y, por lo que se ve, ésta no era la ocasión indicada para semejante manifiesto. Esta vez, San Sebastián pedía ansiolíticos -una valeriana, al menos- y Cronenberg hace arte moliendo anfetas
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